Revda. Lydia Muñoz. Foto cortesía la autora.
Artículos de Opinión
Noticias MU publica artículos de opinión sobre temas específicos en la denominación. Los artículos de opinión reflejan una variedad de puntos de vista y son las opiniones propias de los escritores, que no reflejan las posiciones del servicio de Noticias MU.
Todos hemos escuchado esto antes, especialmente durante el último año. Quizás no exista en las Escrituras una imagen más persistente que la de un pueblo en movimiento.
La Biblia no comienza con una nación establecida, fronteras seguras y hogares permanentes. Comienza con el desplazamiento. Adán y Eva salen del jardín; Caín se convierte en un errante; Noé navega sobre aguas inciertas. Abraham escucha una voz que le dice: «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré». Sara deja atrás todo lo conocido sin saber cuál será su destino. Jacob huye de la violencia. José es llevado por la fuerza a Egipto. Moisés escapa del imperio para regresar después y enfrentarlo. Rut cruza fronteras. Noemí vuelve a su tierra con las manos vacías. Israel atraviesa el desierto durante cuarenta años, guiado no por mapas, sino por una columna de nube durante el día y una columna de fuego durante la noche. En muchos sentidos, la historia bíblica es la historia de un pueblo que se desplaza de un lugar a otro en busca de seguridad, libertad, hogar y esperanza.
Algunas personas se movilizan porque han sido llamadas a hacerlo, pero muchas otras lo hacen porque no tienen alternativa. Huyen del hambre, de la violencia, de la opresión política, del colapso económico y de la esclavitud. Huyen de imperios que consumen a las personas pobres y de gobernantes poderosos que exigen su sometimiento. Otras emprenden el camino porque sueñan que, en algún lugar más allá del horizonte, sus hijos e hijas podrán encontrar un futuro mejor.
Las Escrituras no idealizan estos desplazamientos. Son caminos agotadores y peligrosos, llenos de incertidumbre, dolor y pérdida. El pueblo de Dios muchas veces avanza llevando consigo más preguntas que respuestas y más cicatrices que certezas. Sin embargo, junto a cada movimiento del pueblo de Dios encontramos otro movimiento, aún más extraordinario: Dios también está siempre en movimiento.
La característica que define a Dios a lo largo de las Escrituras no es la distancia, sino su disposición a acercarse. Dios se mueve hacia su creación, hacia quienes sufren y hacia quienes han sido olvidados.
Cuando Adán y Eva se esconden avergonzados, Dios camina por el jardín y pregunta: «¿Dónde estás?». Cuando Agar huye al desierto, Dios sale a su encuentro junto a un manantial. Y cuando Israel clama bajo el peso de la opresión del faraón, Dios declara: «He observado la miseria de mi pueblo... he escuchado su clamor... conozco sus sufrimientos... y he bajado para liberarlo».
¿Podemos reconocer el movimiento? Dios escucha, Dios ve y Dios desciende. Dios se acerca a la creación, se acerca a quienes sufren opresión, se acerca a quienes han sido olvidados y se acerca a la liberación. El Dios del universo no permanece distante ni se mantiene a salvo del sufrimiento humano; por el contrario, cruza todas las fronteras para acompañar a quienes han visto sus vidas convertirse en algo frágil e incierto a causa de la violencia.
¡Dios se mueve!
Incluso el tabernáculo revela algo profundo acerca del carácter de Dios. El santuario de Israel no es un monumento permanente construido de piedra, sino una estructura portátil que viaja con el pueblo y se desmonta cada vez que este se pone en camino. La presencia santa de Dios se niega a quedarse atrás. Dios decide habitar en una tienda porque el propio pueblo vive en tiendas. Dios se convierte en viajero con quienes viajan.
Este movimiento alcanza su máxima expresión en Jesucristo. La encarnación no es solamente el milagro de que Dios se hizo humano; es también la declaración de que Dios cruzó la frontera más grande que podamos imaginar: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Dios vuelve a poner su tienda entre nosotros y entra plenamente en el movimiento de la vida humana.
Ese movimiento tampoco termina con el nacimiento de Jesús. Durante casi todo su ministerio, Jesús recorre caminos polvorientos entre pueblos y aldeas, comparte la mesa con personas desconocidas, cruza fronteras étnicas, toca a quienes eran considerados intocables, sana a quienes la sociedad había abandonado y devuelve dignidad a personas cuyas vidas habían sido reducidas a simples etiquetas. Jesús no permanece al margen de quienes viven en los límites de la sociedad; se acerca a ellos y ellas, camina con ellos y, al hacerlo, desafía las barreras que los demás habían construido.
La historia, sin embargo, nos revela algo más acerca del movimiento: siempre han existido fuerzas decididas a detenerlo. Los imperios han construido muros, los gobiernos han criminalizado la migración y los sistemas han convertido a seres humanos en expedientes y documentos. Los políticos también han aprendido que el miedo puede ser rentable.
Industrias enteras han acumulado riquezas mediante la detención, la deportación, la separación y la desaparición de personas cuyo único «delito» es creer que sus hijos e hijas merecen vivir. Sus sueños se convierten en delitos; la esperanza, en evidencia en su contra; la compasión, en motivo de sospecha, y la búsqueda de refugio, en una conducta que puede ser castigada.
Estamos encarcelando a personas no porque representen una amenaza para la sociedad, sino porque nos recuerdan que el sufrimiento humano se niega a permanecer al otro lado de nuestras fronteras. Su movimiento nos incomoda porque pone al descubierto nuestra propia resistencia a movernos hacia ellas y ellos.
Una y otra vez, Dios se pone del lado de quienes se movilizan para sobrevivir y no para conquistar. La historia del Éxodo no es una historia sobre un «problema migratorio»; es una historia de liberación. Un pueblo que había sido esclavizado se pone en camino para salir de la opresión y buscar la libertad.
En Pentecostés, esa historia de liberación continúa y se transforma en una celebración en la que personas de todas las naciones escuchan las buenas noticias en sus propios idiomas. El Reino de Dios es multilingüe, multicultural y siempre se extiende más allá de las fronteras que nosotros imaginamos.
Esto me lleva a preguntarme si, en nuestro esfuerzo por discernir la nueva dirección a la que Dios está llamando a la Iglesia Metodista Unida en este momento, quizá hemos perdido el camino en el proceso. En lugar de acercarnos a esas personas valientes y permitir que nos indiquen el rumbo, parece que encontramos todas las excusas posibles para evitar los lugares incómodos hacia los cuales podría llevarnos el discipulado. Dudamos en caminar con las personas más vulnerables, e incluso en caminar detrás de ellas, confiando en que sean ellas quienes nos muestren el camino.
Quizás todo nuestro discernimiento se ha convertido en un ejercicio inútil. Tal vez la respuesta ha estado delante de nosotros todo este tiempo: entre las personas pobres, las de corazón quebrantado, las rechazadas, nuestras vecinas y vecinos, las personas extranjeras y quienes viven como forasteras. Ellas y ellos nunca han dejado de mostrarnos dónde está Dios obrando.
Conocen lo que significa seguir caminando cuando la esperanza tiene un alto costo, cuando la justicia se demora y cuando las fuerzas del mal intentan silenciarlos mediante el miedo y la violencia, incluso hasta quitarles literalmente la vida. Tal vez conocen algo acerca del camino que nosotros, como Iglesia, hemos olvidado.
Quizás la Iglesia no necesita otra conversación estratégica acerca de hacia dónde está guiando Dios. Quizás lo que necesitamos es el valor de seguir a quienes ya encontraron el camino.
Me han dicho que, a veces, puedo ser un poco intensa. Así que, si esto les parece demasiado fuerte, amigas y amigos, permítanme dar testimonio.
Este fin de semana sostuve la mano del hijo de Lorenzo Salgado Araujo. Miré sus ojos cansados, enrojecidos por la sangre y llenos de lágrimas, y vi a Jesús. Lo vi allí, pidiéndonos que dejemos de hablar y comencemos a caminar; que dejemos de buscar respuestas por nuestra cuenta y comencemos a colaborar con quienes ya están frente a nosotros.
Lo vi llamándonos a salir de nuestras reuniones y encuentros para convertirnos en parte del movimiento en el que el Espíritu siempre está creando y transformando; un movimiento que nos invita a caminar junto a quienes migran, junto a quienes sufren injusticia y junto a quienes luchan por la dignidad y la vida.
Tal vez eso es lo que significa ser Iglesia en este momento: no permanecer quietos esperando que Dios nos muestre un camino completamente nuevo, sino reconocer que el Espíritu ya está en movimiento entre las personas que caminan, migran, resisten, sobreviven y buscan un futuro.
Por eso, dejemos de hablar solamente del camino y comencemos a caminarlo. Dejemos de hablar de las personas migrantes como si fueran un problema y acerquémonos a ellas como hermanas y hermanos. Dejemos de hablar de justicia como una aspiración abstracta y movámonos hacia ella. Dejemos de esperar que quienes sufren nos encuentren y tengamos el valor de salir a su encuentro.
Caminemos con quienes han sido desplazados. Caminemos con quienes buscan refugio. Caminemos con quienes enfrentan la injusticia. Caminemos con quienes han sido excluidos. Caminemos hacia los lugares donde el dolor es más profundo y donde la esperanza parece más difícil.
Porque el Dios que encontramos en las Escrituras es un Dios que escucha, ve, desciende, acompaña y libera. Es un Dios que no permanece inmóvil frente al sufrimiento.
Dios se mueve. Y cuando Dios se mueve, el pueblo de Dios está llamado a moverse también.
Movámonos, entonces, no solamente para cambiar de lugar, sino para cambiar aquello que necesita ser transformado. Movámonos del miedo hacia la solidaridad, de la indiferencia hacia la compasión y de las palabras hacia la acción. Movámonos con quienes ya están caminando y permitamos que su experiencia nos enseñe hacia dónde conduce el camino de Jesús.
Caminemos en la misma dirección, en el nombre de Jesús.
¡Camina, Pueblo de Dios!
* La Revda. Lydia E. Muñoz es presbítera ordenada en la Iglesia Metodista Unida. Actualmente se desempeña como directora del Plan para el Ministerio Hispano-Latinos (PHLM). Para leer el artículo original abra el enlace aquí.