Puntos clave:
- La vida de Raquel Martínez demuestra las contribuciones vitales de las mujeres latinas a la adoración, la educación y la misión de la Iglesia Metodista Unida.
- Su ministerio musical —que incluye la composición de himnos y recursos bilingües para la adoración— refleja décadas de servicio y dedicación.
- La experiencia de Martínez como inmigrante moldea su enfoque pastoral, haciendo hincapié en el acompañamiento, la esperanza y la empatía en comunidades de todo Estados Unidos.
En el marco del Mes de la Mujer Metodista, la historia de la hermana Raquel Martínez ofrece un testimonio significativo de vocación, perseverancia y servicio dentro de la vida de la iglesia. Su trayectoria refleja el aporte silencioso pero decisivo de muchas mujeres que, desde distintos ministerios, han sostenido la misión, la adoración y la formación espiritual de las comunidades metodistas a lo largo de generaciones.

Junto a Raquel y su esposo, el Obispo Joel Martínez, Cesar Chávez (centro) figura histórica de la comunidad hispano-latina en los Estados Unidos por su lucha incansable en favor de las reivindicaciones laborales para los/as campesinos y los derechos civiles). La imagen fue tomada en julio 1990, cuando Chavez fue invitado a la Iglesia Metodista Unida Emmanuel de Dallas donde el Rev. Joel N. Martínez era pastor. Foto cortesía de la familia Martínez.
Su historia también adquiere un significado especial en el contexto actual, cuando muchas personas inmigrantes enfrentan discursos de estigmatización e incertidumbre. Nacida en México y formada en comunidades metodistas a ambos lados de la frontera, Martínez encarna el legado de una generación de mujeres latinas que han enriquecido la Iglesia Metodista Unida a través de la música sacra, la educación, la composición y la creación de recursos para la adoración bilingüe. Su ministerio ha contribuido a dar voz a la experiencia espiritual de las comunidades hispanas dentro de la denominación.
Ese camino comenzó en su infancia en la ciudad mexicana de Saltillo, Coahuila, donde la música formaba parte central de la vida de la iglesia y de su propia familia. “Yo tenía unos ocho o nueve años cuando servía en la iglesia”, recuerda. Los domingos se sentaba en las primeras bancas, cautivada por lo que describe como “el sonido tan hermoso del órgano y el coro cantando”. Sus padres participaban activamente en la congregación, y la voz de su madre —quien con frecuencia cantaba como solista y dirigía la música— dejó en ella una impresión profunda.
Cuando expresó su deseo de aprender piano, su padre habló con la directora de música de la iglesia para que pudiera recibir clases. A partir de entonces, la joven Raquel dedicaba cada tarde, después de la escuela, a practicar en la iglesia. No pasó mucho tiempo antes de que comenzara a participar en los cultos. “Después de algunos meses —quizá un año— comencé a tocar en los servicios de los miércoles por la noche, durante el estudio bíblico”, relata. La escena aún le provoca una sonrisa: “Mis piernitas no alcanzaban los pedales del órgano, así que mi papá puso dos cajoncitos para que yo pudiera empujarlos. Así comencé a tocar”.

Raquel Martinez (sentada) con los demás integrantes del cuarteto del Instituto Lydia Patterson que fue invitado a ofrecer música en la reunión de la Junta General de Ministerios Globales, enero 1958. Foto cortesía de la familia Martínez.
Su entusiasmo por la música pronto se extendió también al trabajo con la niñez de la iglesia. Cada semana aprendía un canto sencillo que luego compartía con su pequeño grupo de la Escuela Dominical, iniciando así un temprano ministerio de enseñanza y acompañamiento espiritual a través de la música.
La adolescencia marcó un cambio importante cuando su familia emigró a Estados Unidos y se estableció en Brownsville, Texas, donde residían familiares de su madre y allí comenzaron a congregarse. El líder de la Iglesia Metodista Hispana El Buen Pastor, pronto reconoció su talento y la invitó a colaborar en diferentes aspectos del ministerio musical: acompañar al coro, tocar en bodas y participar en actividades con niños/as y programas de verano. A pesar de su juventud, recuerda que muchas veces era la pianista más joven entre un grupo de adultos mayores.
La tradición metodista estaba profundamente arraigada en su familia. Su padre había estudiado en el Instituto Lydia Patterson, en El Paso, una institución histórica que ha vinculada a la formación de liderazgo para la iglesia en ambos lados de la frontera. Años más tarde, el pastor en Brownsville, Rev. Paul A. Grout, Sr. animó a varias jóvenes de la congregación a estudiar allí. Martínez recuerda que, tras convencer a su madre, ella también se unió a ese grupo de estudiantes.
La experiencia en El Paso marcó un nuevo capítulo en su vida musical. El primer domingo en la institución, el pastor le pidió que acompañara al grupo de jóvenes en la adoración. A partir de entonces su participación en la música del culto se volvió constante: tocaba para los jóvenes, para el coro y para los distintos servicios de la escuela.
Fue también en ese ambiente donde conoció a un joven que se preparaba para el ministerio junto a otros estudiantes a quienes, según recuerda- solían llamar “los futuros pastores”. Con el tiempo, ese joven - Joel Martínez - se convertiría en su esposo y compañero de vida en el ministerio.
A lo largo de los años, mientras él servía como pastor en distintas congregaciones, Raquel asumió de manera natural responsabilidades en el área musical de cada iglesia. Dirigía el coro, preparaba boletines, organizaba la música para celebraciones especiales y acompañaba la vida litúrgica de las congregaciones.
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Celebración del 25to aniversario de bodas. Foto cortesía de la familia Martínez.
Fue precisamente en ese contexto pastoral donde comenzó también su camino como compositora. Su primer himno surgió de manera sencilla, durante una celebración navideña en una iglesia donde ambos servían. Escribió un canto para un grupo de mujeres que fue interpretado durante el culto de Navidad. La acogida de la congregación la animó a seguir desarrollando ese don. Con el tiempo, explica, aprendió a trabajar cuidadosamente la relación entre texto y música, escribiendo primero las palabras y luego la melodía, cuidando el ritmo y la correspondencia de las sílabas.
Mientras su ministerio musical crecía, también continuó su formación académica. Completó estudios en Educación Musical en la Universidad de Tejas en El Paso, aunque decidió no dedicarse a la enseñanza en escuelas sino continuar sirviendo a la iglesia. Más adelante profundizó en la música sacra, graduándose en esta disciplina en 1989 y completando posteriormente una maestría en Música Sacra en el Seminario de Perkins en Dallas.
Uno de los proyectos más significativos de su trayectoria surgió cuando fue invitada a ser la editora del nuevo himnario metodista en español y formó parte del equipo que trabajó en la preparación del himnario metodista en español. El proceso implicó varios años de colaboración con reconocidos especialistas en música sacra y teología provenientes de distintos países.
“Trabajamos con consultores muy reconocidos, como Pablo Sosa, Justo González, Carlos Rosas y otros líderes de la música sacra en América Latina y Europa”, recuerda. “Algunos escribían textos, otros melodías; en ocasiones yo hacía los arreglos. Fue un esfuerzo colectivo muy hermoso”.
El resultado de ese trabajo fue presentado a la Conferencia General de la Iglesia Metodista Unida en 1996, celebrada en Denver, Colorado. El himnario fue adoptado por unanimidad, un momento que Martínez recuerda con especial emoción. “Ese día fue muy especial, con mucha presencia de personas de habla hispana”.
En ese año, su esposo, Obispo Joel N. Martínez sirviendo en el área episcopal de Nebraska, la acompañaba, habiendo sido electo al episcopado de la Iglesia Metodista Unida en 1992.

Partición de Raquel Martínez en la Conferencia General de 1996 en Denver, Colorado, donde se presentó oficialmente el himnario y dirigió a los/as delegados/as en el canto de “Mil Voces Para Celebrar”. Foto cortesía de la familia Martínez.
Incluso durante esos años de transición, Raquel continuó trabajando intensamente en proyectos musicales y litúrgicos. Recuerda que en Nebraska le prepararon un pequeño espacio donde podía dedicar largas horas al trabajo editorial relacionado con el himnario. Más adelante también colaboró en la elaboración de recursos litúrgicos bilingües —servicios de comunión, letanías y oraciones— pensados para congregaciones cultural y lingüísticamente diversas.
En años recientes ha continuado desarrollando materiales musicales completamente bilingües, reconociendo que cada vez más congregaciones metodistas reflejan una diversidad de idiomas y culturas dentro de la misma comunidad de fe.
El piano y el órgano han sido los instrumentos que han acompañado la mayor parte de su vida ministerial, aunque reconoce que las nuevas tecnologías han ampliado las posibilidades musicales en las iglesias: “Los teclados electrónicos -explica- permiten explorar una variedad de sonidos que enriquecen la adoración”.
El 17 de enero recibió un reconocimiento por su trayectoria en música sacra y su servicio a la iglesia. Este reconocimiento fue otorgado por la Sociedad de Himnología de los Estados Unidos y el Canadá. “Lo recibo con gratitud y humildad. Es un recordatorio de que todo es un don de Dios y de que la música sigue siendo una forma de servir y de unir a la Iglesia”.
Al hablar de su proceso creativo, identifica tres temas que con frecuencia inspiran sus composiciones: la misericordia de Dios, la persona de Jesucristo y el sufrimiento del pueblo: “Muchas veces, al ver el dolor en el mundo, siento el impulso de expresarlo en oración y en música”.
Para Raquel, la música continúa siendo un elemento central en la adoración cristiana. “La música es esencial en la adoración. Debe cantarse con sentido, con alegría o con recogimiento, según el mensaje”, afirma. Al mismo tiempo subraya la importancia de prepararla cuidadosamente, ya que puede tocar el corazón incluso de quienes no comprenden el idioma en que se canta.
En el contexto actual, su experiencia como mujer inmigrante también la lleva a reflexionar sobre la situación de muchas familias en Estados Unidos. Su respuesta es profundamente pastoral: acompañar, escuchar y sostener la esperanza. “Caminar con las personas, escucharlas, hacerles saber que no están solas. Recordar que Dios ama a todas las personas por igual, sin excepción”.
También invita a quienes no comparten la experiencia migratoria a practicar la empatía cristiana y la solidaridad. “Que recuerden que Dios ama a todos por igual. Que traten de ponerse en los zapatos del otro, que oren y caminen junto a quienes sufren”. Y añade que la iglesia aún tiene una tarea pendiente en este camino de justicia y reconciliación: “En la Iglesia todavía tenemos que seguir trabajando contra el racismo y la discriminación, con fe, oración y compromiso”.
Al mirar hacia atrás, Raquel Martínez resume su vida y su ministerio con una convicción sencilla y profunda: “Todo lo que soy y todo lo que he hecho es por la gracia de Dios”.
* Rev. Gustavo Vasquez, Coordinador de Relaciones Hispano-Latinas de UMCOM. Para comunicarse con Noticias MU puede hacerlo al 615-7425470, IMU_Hispana-Latina@umcom.org o gvasquez@umcom.org.